domingo, 28 de julio de 2013

Capítulo V:

Se despertó en su habitación. Miró el reloj; las dos de la tarde. Se incorporó y de repente se le vinieron a la cabeza los sucesos producidos la noche anterior, intentaba recordar cómo había llegado hasta allí, ya que su último recuerdo era que estaba excavando cuando algo se acercó a él. Bajó las escaleras para ir a la cocina a comer algo, cuando llego, pegada en la nevera con un imán había una nota: 'Tienes la comida en la nevera, nosotros volveremos por la tarde, te quiero'. No había duda de que era la letra de su tía. Cogió la nota, la arrugó y la tiró a la basura, al parecer no iba a ver nadie en casa en todo el día, para él era algo normal quedarse solo en casa, sus tíos infinidad de veces se iban por la mañana sin decirle nada y no volvían hasta por la tarde. Se calentó la comida y se lo subió al desván; era muy persistente y tenía la esperanza de encontrar algo, alguna pista que le llevara a resolver aquel misterio en el que, sin quererlo, se vio envuelto. Tenía la ventaja de que podría salir y entrar de la casa cuando le viniese en gana sin tener que responder a los incómodos interrogatorios de su tía.
Ya en el desván, esta vez optó por mirar algunos objetos personales que allí se encontraba, destapó la sábana que los cubría. Eran muebles, simplemente muebles antiguos. En el fondo se sintió decepcionado, pero no se rindió. Decidió hacer una visita a Julia, cuando llegó, llamó a la puerta y la amable señora le abrió en seguida, le invitó a pasar al salón, una vez allí, le dijo que se sentara y le preguntó el motivo de su visita; el muchacho le contó lo ocurrido en el cementerio.
-¡Te dije que no te metieras! Te lo advertí Daniel -dijo la anciana interrumpiéndole en su relato- Esto no es ningún juego de detectives para que andes hurgando, ya te dije que yo intentaría saber algo más.
- Ah, si.. Por cierto.. ¿Habló usted con aquella amiga suya que me comentó?
-No, lo siento, no tuve tiempo, ahora muchacho, márchate.
Y cuando Daniel se quiso dar cuenta ya estaba en la puerta para disponerse a salir casi a patadas de aquella casa. Cuando hubo salido una duda más se le atravesó en la cabeza, más que una duda, era una realidad: Julia sabía algo. Normalmente era una señora de carácter tranquilo y amable, pero notó en su tono de voz cierta hostilidad hacía él, hacia la pregunta que le había formulado. Una cosa tenía muy clara, la próxima vez que la anciana saliese de casa, él se colaría dentro sin ser visto y descubriría que estaba tramando o que era lo que ocultaba. No sería una tarea muy complicada saber cuándo saldría de casa, ya que todos los jueves por la mañana se iba a la peluquería y no volvía hasta el mediodía, solo era cuestión de esperar, entrar rápidamente, buscar algo, lo que sea, para descubrir sus intenciones y salir.
Una cosa no había pensado hasta el mismo jueves por la mañana: la manera de entrar. Aquel día se levantó muy temprano y se dispuso a mirar por la ventana de su habitación esperando a que dieran las diez menos cuarto de la mañana para que la anciana saliese de casa, mientras esperaba, se puso a pensar en como entraría en la casa sin levantar sospechas y calló en la cuenta de que había visto más de una vez a Julia metiendo algo debajo del felpudo de la entrada, por lógica tendría que ser una llave. Por fin, llegó la esperada hora, como cada jueves, la anciana salió de su casa a las diez menos cuarto en dirección a la peluquería. Cuando hubo doblado la esquina, salió rápidamente de su casa dirigiéndose a la de su vecina, miró debajo del felpudo, como el suponía, había una llave, la metió en la cerradura y abrió la puerta. Podía notar como aumentaba a pasos agigantados la adrenalina en su cuerpo mientras entraba en la casa y cerraba la puerta tras él. Encontró las escaleras que llevaban al sótano, estuvo algunos segundos algo indeciso, pero las ganas de saber la verdad y la intriga le arrastraban escaleras abajo. Bajó las escaleras llegando al sótano, lo cual, le produjo un fuerte impacto. Había estanterías y estanterías llenas de libros de todos los colores y tamaños, las paredes estaban sin terminar, como en ladrillo o en piedra, era un lugar un poco oscuro, ya que apenas había la luz que desprendía dos velas situadas en una mesa que había en el centro de la habitación. Encima de la mesa había varios libros abiertos entre ellos el suyo, el que le había dado días atrás, ojeó los demás libros, eran muy similares al suyo. Todo iba encajando, tal fue su impresión que sin darse cuenta pensó en voz alta con un hilo de voz.
-Julia... Es la hechicera de su propia historia..
Unos irónicos aplausos sonaron detrás de él.
-Muy bien Daniel, eres un chico muy listo.
 Daniel, alzó la cabeza y se giró lentamente con una expresión de miedo en la cara que nunca antes había experimentado. Cuando se hubo girado completamente, la expresión de su cara empeoró notablemente.

viernes, 19 de julio de 2013

Capítulo IV:

No podía quedarse sentado encima de su cama esperando a que algo ocurriera,  tenía que intervenir de algún modo, ese espíritu aventurero del que disponía le obligaba a intentar descubrir algo por su cuenta. Por la noche, después de cenar, subió al desván de nuevo para poder averiguar algo más sobre la familia Garrido. Rebusco otra vez entre las pertenencias de los antiguos inquilinos, sabía que la anciana no le había contado toda la verdad y que en esta situación no podría fiarse de nadie que no fuera él mismo. Cogió los álbumes de fotos familiar y las observó otra vez detenidamente hasta que pudo memorizar las expresiones de la cara de cada uno de los miembros de aquella familia en cada una de las fotografías, después de esto, esperó a que sus tíos se durmieran y en silencio bajó hasta su habitación, cogió una linterna que le habían regalado sus tíos por su cumpleaños y salió de casa dirigiéndose al cementerio, si Julia, la anciana a la que esa tarde había visitado, no le había engañado, como murieron en el pueblo lo más lógico sería que los enterraran en el pueblo.
Cuando llegó al cementerio, que se encontraba a las afueras de aquel pueblecito, se bajó del skate, encendió la linterna y anduvo entre las lapidas, despacio y sin hacer ruido, como si no quisiese molestar a nadie. Anduvo entre filas y filas de lápidas hasta que, por fin, llena de musgo, hojas secas y ramas, se encontraba una única lapida grande de piedra, donde podía leerse: 'Familia Garrido. Año 1961'.
Le pareció extraño que no pusiese algo referente a la familia o que simplemente les metieran a todos en una misma tumba, ni el propio Daniel sabría explicar lo que se le paso por la cabeza para hacer lo que pensaba hacer. Buscó una pala, aquello era un cementerio, tendría que haber alguna pala por fuerza en alguna parte, en un rincón, algo oxidada y vieja, encontró lo que buscaba; volvió al sitio donde se encontraba la tumba y comenzó a excavar. En el momento que la punta de la pala tocó la tierra, un escalofrío le recorrió desde la espalda hasta la nuca, sin poner mucha importancia procedió a cavar, un fuerte viento se levanto de repente, y con el, un leve susurro: 'Para..Para'. El corazón le latía a mil por hora, intentó tragar saliva pero no pudo, tenía la boca seca, miles de pensamientos se cruzaban en su cabeza, miraba a todos lados intentando hallar el origen de aquel susurro, se percató de que no estaba solo, había una sombra que se movía en la penumbra, se acercaba, pero cuando quiso salir corriendo, fue demasiado tarde. Un grito ahogado emergió del cementerio aquella noche.

miércoles, 26 de junio de 2013

Capítulo III:

La intriga, la fascinación por lo desconocido y algo de miedo se apoderó de él, pero era tan grande la intriga que el miedo se desvaneció rápidamente. Cogió la foto, bajó hasta su habitación, cogió el libro y su teléfono y metiéndolo todo en una mochila se encaminó hacia la puerta de la salida, pero antes de que su skate tocase el suelo para poder montarse en él, su tía lo interrumpió, diciéndole que tenia que llevarle una blusa a la señora mayor que vivía enfrente para que se le arreglase las mangas. Pensaba sacarle provecho a aquella situación, así que cogió la bolsa que contenía la blusa sin rechistar y se la llevo a la señora. Pensó que como, según su tía, era mayor, tendría que llevar tiempo en aquel pueblo y le podría decir algo de los antiguos inquilinos. Antes de llamar a la puerta miró el nombre de la señora en el nombre en el buzón, su nombre era Julia Ruiz Vega. Una vez que había llamado al timbre, al rato, salió una mujer la cual tenía el pelo blanco, parecía algodón, que estaba recogido por unas pinzas, unas facciones simpáticas y varias arrugas, pero lo que más le llamó la atención fueron sus verdes ojos algo escondidos por la edad, era más bien bajita y vestía con una camisa beis y una falda marrón a juego con los zapatos. La señora, amablemente le invitó a pasar.
-Hola señora Julia, mi tía me manda a que le entregue esto, que a ver si se lo podía arreglar
-Tú tienes que ser el sobrino de Ana, ¿No? Los que se han mudado a la casita de enfrente- dijo la señora dirigiéndolo al salón, cogiendo la bolsa y mirando en su interior.
-Sí, pero no solo la bolsa ha sido el motivo de mi visita... ¿Conoció usted a los antiguos inquilinos de la casa?
Daniel se percató de cómo la cara de la señora Julia se transformaba por completo, dando lugar a una expresión sombría, con la mirada perdida y algo más pálida que antes. Dejándose de caer en el sillón de la sala.
-No, no los conocí.
La expresión de su cara afirmaba lo que Daniel pensaba: mentía.
-Sé que usted los conoció y me gustaría que me contase qué fue de ellos.
-¿A qué viene eso, muchacho? ¿Qué sabes?
Daniel, rebuscó en su mochila de la que sacó el libro y la foto y se lo ofreció a la señora, mientras la mujer sostenía y miraba la foto, Daniel le contaba lo sucedido desde que llegó relacionado con esos dos objetos. Julia le escuchó en silencio, solo cuando hubo terminado abrió los labios para musitar algo:
-No eres consciente de en lo que te has metido...- Alzó la vista y miro a Daniel, le pidió que tomara asiento y una vez cumplido su petición empezó a hablar.
-Era una mañana de invierno, lo recordaré toda mi vida, cuando vi a Laura y a su familia por primera vez. Era una familia de altos ingresos, como solía decir mi madre; el señor Garrido era profesor de la universidad de una cercana ciudad, la señora Garrido era una sofisticada ama de casa, si se podía llamar así  que no se dedicaba a otra cosa que no fuese gastarse el dinero en lujosos vestidos, en peluquería y zapatos, los dos eran muy derrochadores y egoístas   Yo, a veces, salia a jugar con Laura, que tenia mi misma edad, y las dos nos íbamos a su desván a jugar a las muñecas, pero no me gustaba mucho ir por allí  esa casa tenia algo raro y como mi madre era muy supersticiosa no me dejaba mucho. Un día  mientras mi madre estaba sentada enfrente de la ventana tejiendo, una vecina del barrio le pidió entrar, diciendo que tenía algo muy escandaloso para contar; mi madre la dejó entrar y yo, al escuchar voces de más abajo, me asomé a la escalera para escuchar de que hablaban. Conversaban acerca de los Garrido, de como entraron en banca rota y pidieron dinero a una vieja mujer prestamista, decían que controlaba la magia oscura y tenia relación con toda clase de espíritus  demonios y fantasmas; hacía tiempo que se había acabado el plazo para devolverle el dinero a aquella mujer, así que, tomándose la justicia por su mano, echó una maldición a la familia y al cabo de un tiempo, todos los que residían en la casa, iban muriendo poco a poco de formas inexplicables de un punto de vista científico. 
Daniel escuchaba atentamente la historia que Julia le estaba contando.
Este libro lo encontraron en el jardín de la casa, no le dieron mucha importancia porque nadie sabia que ponía exactamente, ya que estaba escrito en latín y como esto es un pueblo pequeño, nadie sabia hablarlo así que lo tomaron por un juego de niños; pero en realidad, yo creo que se le debió caer a aquella bruja mientras causaba la muerte de algún miembro de la familia-Decía Julia ojeando el libro.-Y ahora, muchacho, ¿Qué has hecho para que el espíritu de Lucía Garrido ande deambulando por el mundo de los vivos?
-Leí un conjuro que venía, pensé por un momento que podría devolverme a mis padres
-Con la magia no se juega, no puedes utilizarla a tu antojo y esperar que salgan bien las cosas, exactamente, ¿Qué conjuro leíste?
Daniel, cogió el libro y busco la pagina de donde había sacado ese conjuro. Una vez que lo hubo encontrado, se lo señalo a la mujer con el dedo. Julia, con sus gafas de leer puestas, echó un vistazo rápido al fragmento.
-¿Sabes qué pone aquí exactamente?
-No..
-En resumen pone que quien murió en esta habitación, que reviva. Has ido a escoger uno de los más concretos que encontrarás por este cuaderno.
-¿Y cómo es que usted sabe latín?
-Mi tío me lo enseñó, es sencillo una vez que has aprendido lo básico, pero no nos desviemos del tema, esto no se lo cuentes a nadie, no queremos que el rumor se extienda. Esta tarde iré a visitar a una vieja amiga mía, a ver si nos puede ayudar con este asunto y mañana a primera hora vuelve a venir y déjame el libro y la foto.
Daniel no pudo mas que asentir a las ordenes de la anciana, y despidiéndose de ella, volvió a su casa. El resto del día continuó con normalidad, excepto para Daniel, que detrás de su serena apariencia, había un chico nervioso y algo temeroso, pero sobre todo, confundido.

lunes, 1 de abril de 2013

Capitulo II
Los rayos de sol que se filtraban a través de las cortinas le despertaron, era una bonita mañana de verano que prometía ofrecer mucho calor a los habitantes de aquel pueblecito. Daniel, cuando hubo dado dos o tres vueltas en la cama, se dispuso a levantarse: se incorporó, puso los pies en el suelo, bostezó a la vez que se rascaba la cabeza y se levantó. Fue hasta la ventana, corrió las cortinas y se disponía a mirar por ellas cuando un fugaz recuerdo le paso por la mente, rápidamente miró hacia el cajón donde se hayaba el libro que el día anterior había cogido del desván. Abrió el cajón y allí estaba el libro, exactamente donde lo había dejado por la noche; se podría decir que fue la curiosidad por lo desconocido lo que le llevo a abrirlo, pero esta vez, por el contrario, en vez de empezar por la mitad iba a empezar por el principio y a leer una y cada una de las páginas que contenía. Las primeras páginas eran conjuros sobre como resucitar a muertos; Daniel, por un instante, pensó que si recitaba alguno de esos conjuros sus padres volverían, así que escogió uno al azahar y empezó a leer en voz baja: -Qui mortuus est in eodem loco tibi est ad vitam, et revertetur corpus tuum anima tua venit de monumento, et habitet in te qui.- De pronto la puerta se abrió de golpe, lo que hizo que se sobresaltase de tal forma, que se le cayera el libro de las manos.
-¡Daniel! Te llevo llamando desde hace un cuarto de hora ¿Cuándo piensas bajar a desayunar?
-No te he escuchado tía, lo siento, ahora mismo bajo.
-Escuchas lo que quieres, antes de desayunar ve al baño a lavarte la cara  hombre, a ver si así te espabilas.
-Sí, ahora voy.
Cuando su tía se hubo ido, recogió el libro del suelo y lo metió de vuelta al cajón. No podía creer que hubiese hecho aquella estupidez de leer ese conjuro pensando que haría efecto, él no creía en todas esas tonterías, no tenían ninguna lógica, eran absurdas y muy poco creíbles.
Después de desayunar, su tía le chantajeó para que saliese a dar una vuelta por el pueblo y que fuera conociendo a gente de su edad; a él no le hacia mucha gracia, pero era eso o quedarse sin móvil lo que quedaba de año, así que cogió su skate, sus auriculares con su móvil y con la música casi a tope de volumen, fue a explorar aquel pueblo, más bien, siendo sinceros, estaba buscando una pista de skate, lo que hubiera de más, no le importaba mucho. Su búsqueda se convirtió en un decepcionante fracaso, así que decidió ir a la orilla de un río que quedaba a las afueras del pueblo para pasar allí el rato. Tal conforme se iba aproximando podía ver a una chica sentada en la misma orilla, iba vestida con un vestido de tirantes blanco, de piel era pálida y con pelo castaño claro que estaba recogido por una trenza que le llegaba poco mas por debajo del hombro ; cuanto mas se acercaba mas detalles podía apreciar de ella hasta el punto que sin darse cuenta se encontraba a tan solo un metro de ella mirándola descaradamente.
-Hola.
 Una dulce voz se emitió de aquella extraña chica que dirigió su mirada hacia él. Quedó impresionado por sus inmensos ojos celestes y por su amplia sonrisa. -Tú no eres de por aquí, ¿verdad?
-Hola.- dijo timidamente -No, llegue ayer desde la capital
-Pues encantada, soy Laura.-
Se levantó y saludó con dos besos a Daniel, mientras tanto, el seguía en estado de shock por el simple hecho de que una desconocida le diera tema de conversión de esa forma cuando minutos antes le había pillado mirandola cual pervertido.
-Yo Daniel- dijo al fin.
Laura, la extraña chica que acababa de conocer, se sentó de nuevo y continuó obserbando el río; Daniel la imitó. Era un río con bastante caudal, al otro lado del río se elevaba un enorme árbol y múltiples arbustos en la orilla; en los árboles se podían ver unos precioso pájaros de coloridas plumas que piaban sin cesar y volaban de un lado a otro, el agua era cristalina, tan cristalina que se podían ver los pequeños pececillos que nadaban en ella.
Estaba observando aquel paisaje natural cuando le interrumpió Laura.
 -¿Y dónde vives?
-En una casa bastante antigua no muy lejos de aquí
-¿La grande que está en frente de un pequeño parque?
-Exacto. -dijo Daniel sorprendido
Laura sonrió nostálgicamente
-Yo también he vivido allí-
-¿Y por qué te fuiste?
-Por motivos familiares- dijo ella desviando la mirada.
La conversión se había convertido un tanto incomoda y a consecuencia de eso hubo una larga pausa entre ellos. Finalmente Daniel le dijo que se tenia que ir porque sus tíos estarían preocupados por él y seguidamente le preguntó que si se podrían ver otro día, a lo que Laura le respondió que sí, mañana a la misma hora en la orilla del río.
Daniel se dirigió a su casa y extrañamente no pudo quitarse de la cabeza a esa chica durante el camino, bueno, ni durante el camino ni durante todo el resto del día, que se lo pasó tumbado en su cama mirando al techo y pensando en sus penetrantes ojos azueles.
A la mañana siguiente se despertó temprano, no podía seguir durmiendo de los nervios que tenía encima. Se levanto, se vistió, cogió su skate y salió tan temprano que sus tíos ni si quiera se habían despertado. Por muy temprano que se hubiese levantado Laura ya le estaba esperando. Se pasaban las horas hablando con aquella chica de ojos enigmáticos que conocía recientemente, le encantaba estar con ella, porque a su lado el pasado desaparecía, los problemas se evaporaban y había dejado de comerse la cabeza con aquel libro que muchos días atrás, apareció en su vida. En aquella orilla del río pasaron los días, jugando en el agua, hablando o simplemente callados, para Daniel  su presencia allí era suficiente.
Pero no todo lo bueno dura eternamente, un día, como de costumbre, Daniel llegó al río pero Laura no estaba, decidió esperarla, pero no apareció ese día, ni el otro, ni del otro, ni una semana después. Llegó el día en el que pensó en ir por última vez, con la tonta esperanza de verla allí sentada, cuando llegó allí, como era de esperar, no estaba así que se sentó, como todos los días hacia desde que desapareció a esperarla. Al no estar ella todos los problemas volvieron, el pasado le consumía por dentro y aquel dichoso libro estaba en su mente. Instantes después se levanto y a toda prisa se dirigió a su casa, más concretamente, a su desván, cuando llegó, busco entre las cajas el álbum de fotos que había estado ojeando cuando llegó a aquella casa, cuando lo encontró, lo miró y un inquietante escalofrío le recorrió de arriba a bajo la espalda, no había ninguna duda, era ella pero ahora la pregunta era ¿Cómo? .

miércoles, 27 de marzo de 2013

IM SURE THAT YOU ARE FROM THE SKY

  Para mi filósofo preferido; el cual asegura provenir del cielo

Capítulo 1:
Desde la ventana del coche veía pasar las casas y las calles, los árboles y los arbustos, más coches con sus conductores...En resumen, lo que sería su nuevo pueblo, donde viviría a partir de ese momento, la oportunidad que estaba buscando para poder corregir los errores del pasado, o quizás, poder cerrarlos con llave en el ático del alma, donde nadie sepa de ellos. Todos sus amigos, su antiguo instituto y todo lo que conocía, Daniel lo había dejado atrás, o mejor dicho, le habían obligado a dejarlo atrás. Daniel era huérfano, un golpe duro que le dio la vida cuando tan solo tenía siete años, ahora vivía con sus tíos, que aunque no eran los mejores padres del mundo le dejaban mucha libertad y le daban todo lo que necesitaba. Cuando creció se convirtió en un chico que tenía sus prioridades por bandera, es decir, estaba muy seguro de lo que quería y de lo que le gustaba y le era fiel a toda costa, no se dejaba llevar por modas pasajeras, solo se dejaba llevar por el skate y la buena música acompañado, obviamente, por su guitarra, pero, sobre todo, detrás de esa fachada de duro, era un auténtico poeta, algo loco también, pero como el decía: todos los verdaderos poetas estaban un poco loco, un joven filósofo, yo apostaría por decir que el mejor que ha habido hasta ahora, un chico raro pero extraordinario, de los que ya no quedan y las chicas les encanta; tenía el pelo rizado, unos ojos que ocultaban un gran secreto y unos labios que escondían la verdad.
El coche se detuvo, fue entonces cuando Daniel, enfrascado en sus pensamientos volvió a la Tierra y se percató de que a unos pocos metros se encontraba su nueva casa, era bastante grande, con un jardín grande y un garaje grande, sus tíos la habían conseguido muy barata en aquel remoto pueblo en el que era más normal ver una vaca o un rebaño de ovejas que al cartero. No muy contento con su nuevo hogar, decidió aprovechar el tiempo para inspeccionar las habitaciones y quedarse con la mejor hasta que viniera el camión con la mudanza. Subió al segundo piso. Pensó que era una casa demasiado corriente, así que decidió ir al desván a ver qué tal le parecía aquello, subió las pequeñas escaleras y lentamente se asomó hacia la habitación. Después de observar todo unos segundos decidió entrar; había bultos tapados con unas sábanas blancas y cajas de cartón cerradas que podrían ser de los antiguos propietarios, los que desaparecieron sin dejar ningún rastro, ninguna prueba, todo fue de la noche a la mañana.
Como estaba seguro de que nadie iba a reclamar esos objetos si no lo había hecho ya, optó por mirar dentro de una de las cajas; fotos. Si, exacto, fotos de los que Daniel supuso que fueron los propietarios de la casa, mientras miraba foto por foto podía apreciar que eran una familia de cuatro personas, un matrimonio con dos hijos: una niña y un niño; la hija mayor del matrimonio cuando se hizo las fotos tendría su edad, el pequeño como unos ocho años y los padres sobrepasaban claramente los cuarenta. El grito de su tía avisándole de que el camión de mudanzas había llegado le asustó y le sacó de aquel mar de fotos en color sepia que había en aquella caja. Cerró el desván y bajo las escaleras a toda prisa hasta llegar a la planta baja, donde decenas de cajas llenas de cosas de sus tíos y junto con muebles iban de un lado para otro, cuando por fin divisó sus cosas las dejó en un rincón y poco a poco las fue llevando hasta la habitación que el había escogido como suya, cuando lo hubo subido todo bajo a comer algo, ya que tenía un hambre que devoraba y después decidió que era el momento de seguir trasteando en aquel enigmático lugar donde anteriormente había estado y en el que no encontró mas que muebles viejos, mas fotos y un libro que contenía diversos apuntes, pero como estaba escrito con una ortografía algo extraña, no lo entendía del todo bien. Sin darse cuenta el atardecer había caído así que considero que ya era suficiente por ese día y que era hora de bajar a cenar, antes de eso dejo aquel libro en el cajón de su mesita de noche, para poder investigarlo más a fondo y cuando hubo cenado subió a su cuarto, coloco una lamparita en la mesita de noche y la encendió, se tumbó en la cama, abrió el cajón y saco el libro; por lo que pudo descifrar, eran conjuros o hechizos para revivir el espíritu de los muertos, él no era partidario de creer en los fantasmas y cosas por el estilo, así que lo cerró, lo volvió a meter en el cajón de la mesilla, apago la luz y se durmió.